Abogado de nacionalidad polaca

LOS PELIGROSOS Y NOCIVOS ESTEREOTIPOS SOBRE LOS JUDÍOS

2015.04.18 17:44 josema3 LOS PELIGROSOS Y NOCIVOS ESTEREOTIPOS SOBRE LOS JUDÍOS

A continuación pasaré a explicar algunas ideas, que desgraciadamente, aún se alojan en el subconsciente colectivo, en relación al pueblo, la religión y la identidad judías.
Esas ideas, que se encuentran latentes en la pisqué colectiva, encierran un enorme peligro: Tan solo con un poco de propaganda se podrían hacer revivir los terribles fantasmas del pasado. Sería bueno dedicar algo de tiempo en pensar como desactivar todos esos prejuicios que, en parte, son los siguientes:
Desde tiempos inmemoriales la humanidad padece las nocivas consecuencias que han provocado y provocan las actividades de una comunidad de intereses llamada “pueblo judío”.
Es perfectamente posible y justo afirmar que esa gente siempre ha tendido a dejar maltrechos el bienestar y el “bien-ser” del resto de los pueblos del planeta. Richard Wagner dijo una vez: “El judío es el demonio tras la corrupción de la humanidad”. Los judíos jamás han tenido la vocación de trabajar en el sentido más estricto de la palabra sino de especular. Ese es su elemento.
Es falso que a lo largo de la historia los judíos se hayan visto forzados a desarrollar el comercio y la especulación monetaria porque se les cerró el acceso a todas las demás profesiones.
Muy al contrario, esa creencia generalizada siempre la aceptaron de buen grado y ha sido muy provechosa para ellos, dado que esta les ha cedido un gran espacio para ejercer la usura, lo cual, se adecúa perfectamente a su carácter e inclinación natural.
En ellos el egoísmo individual jamás tiende a la consecución de las más altas metas comunes. Al contrario, la moral judía, en total contradicción con el tradicional concepto europeo de ética, anuncia el incontenible egoísmo de todo judío. Por ser esto para ellos, además, una ley divina.
Su religión prescribe como un deber la mallurreía y la usura. Por ejemplo, en el quinto libro de Moisés se lee que un judío puede prestar con usura siempre que, en ningún caso, haga esto con otro judío. Y también dice, partiendo de un completo cinismo, que el Señor bendice al judío en todas sus transacciones.
Así pues, para los judíos es un deber sagrado el hacer negocios. Esto es absolutamente incomprensible para los no - judíos.
El europeo da sentido de valor a toda su actividad. Quiere crear algo que sea valioso: comida o vestido, casas o máquinas, obras de arte o cualquier cosa valiosa para todos. Le dirige el sentimiento de ser responsable de sus logros.
Para el judío tan solo existe algo con valor: el dinero. Su menor preocupación es como obtenerlo.
Justamente por eso siempre han buscado tierras ricas con pueblos ricos. En el transcurso de la historia han hecho todo lo posible por ser aceptados y acogidos bajo el seno de otros pueblos, puesto que siempre han necesitado sus bienes con los cuales hacer negocios.
Los judíos han reducido a simples mercancías lo que los pueblos europeos hemos considerado valioso a lo largo de los siglos y además, han logrado envilecernos haciéndonos parte integrante de su repulsiva cultura desde hace ya demasiado tiempo. No en vano, sus valores, hoy en día, son hegemónicos.
Comprar y vender pero no producir nada. Esa es su filosofía. La producción de los trabajadores honestos de la totalidad de los pueblos de la tierra, ellos la transforman en un mero instrumento destinado a la especulación.
Los judíos siempre han sido un pueblo sin campesinos ni trabajadores manuales, son una raza de parásitos.
Negocian con la enfermedad de las naciones, procurando agravar y dilatar las condiciones de la enfermedad. Los judíos han sido así a lo largo de su historia.
Palestina es el centro espiritual de la judería mundial, a pesar de que allí los judíos sean una minoría. A partir de la creación del Estado de Israel, tras el final de la II Guerra mundial, estas alimañas están llevando a cabo un atroz genocidio contra los legítimos habitantes de aquella tierra.
De hecho, una de las razones que explica la existencia del Estado de Israel es su ideal de hacer cumplir todas y cada una de las profecías que son enunciadas por su demoniaca religión, las cuales, pasan por masacrar al pueblo palestino.
Ahí, en el Muro de las Lamentaciones, se reúnen a llorar la caída de Jerusalén. Sin embargo, su falta de hogar es algo que eligieron, lo cual, además, es algo muy acorde con su historia.
Hace 4.000 años sus ancestros hebreos ya vagaban. Salieron de la tierra de los dos ríos, deambularon a lo largo del mar hasta Egipto donde dirigieron un lucrativo negocio de grano.
Cuando los campesinos de la zona y otros egipcios se levantaron contra los usureros y especuladores foráneos, partieron de nuevo y se abrieron camino hasta la “tierra prometida”.
Allí se establecieron saqueando sin piedad a los habitantes legítimos y culturalmente superiores. Con el paso de los siglos se desarrollaron. Quizá nunca nos habríamos preocupado por ellos si se hubieran quedado en su hogar oriental.
Sin embargo, el imperio cosmopolita de Alejandro el Grande que se extendía del cercano oriente a la mitad del Mediterráneo y especialmente, el imperio sin fronteras de los romanos, abonó el comercio y la migración judíos.
Rápidamente se distribuyeron por la cuenca mediterránea. Algunos también se establecieron en el gran tráfico urbano y en los centros comerciales del Mediterráneo. Otros vagaron por España, Francia, el sur de Alemania e Inglaterra.
En todas partes se hicieron indeseables: En España y Francia el pueblo se rebeló abiertamente contra ellos en los siglos XIII y XIV. Huyeron, especialmente hacia Alemania. Hasta que finalmente hallaron una nueva reserva sin explotar en las zonas polacas y rusas de Europa del Este.
En el siglo XIX, sirviéndose de sus confusas y sobre todo, engañosas ideas sobre la equidad e igualdad humana, las cuales, en el fondo estaban basadas en su verdadero Dios (el dinero), los judíos encontraron un gran alivio.
Desde el este de Europa se regaron por el continente durante los siglos XIX y XX y simultáneamente por el resto mundo.
Por lo regular, los judíos nunca han tenido el menor inconveniente en alterar su apariencia exterior con la única intención de mimetizarse con el paisaje. Un rasgo esencial del judío es que siempre busca ocultar su origen entre los no-judíos. Por fuera intentan actuar exactamente igual que el pueblo anfitrión.
El pueblo sin buenos instintos se deja engañar por esta falsedad y considera a los judíos como sus iguales.
Ahí es donde se oculta un enorme peligro: estos judíos asimilados serán por siempre cuerpos ajenos en los organismos de sus pueblos anfitriones pese a las apariencias. Incluso los aristócratas con viejos apellidos judíos que se casaron con la nobleza europea durante generaciones y que son parte de la “alta sociedad”, continúan siendo cuerpos ajenos que actuarán, en todo momento, al servicio de su comunidad de intereses. Es decir, el judaísmo.
Así, por ejemplo, durante la Revolución Francesa los judíos se volvieron ciudadanos respetables en los países anfitriones teniendo dos nacionalidades al mismo tiempo. No por nada han tenido y tienen relaciones de sangre en casi todas las cortes europeas habiendo estado, además, al corriente de todo lo que sucedía en esas cortes y del devenir de los países.
Con el desarrollo de la industria y del progreso económico los judíos florecieron como nunca. La casa Rothschild es un ejemplo de cómo usan esta táctica especulativa para expandir su red de influencia económica sobre sus víctimas: la ciudadanía trabajadora. La casa Warburg usó esa misma táctica, similar a la de otras familias banqueras judías.
A principios del siglo XX los judíos ya estaban presentes en todos los cruces del mercado económico mundial. A pesar de que representan el 1% de la población de la tierra, su capital les permite aterrorizar los intercambios mundiales, la opinión mundial y la política mundial.
Nueva York es uno de los centros del poder judío. La bolsa de Nueva York, el centro financiero del mundo, es dirigida por emporios como Kuhn, Loeb, Warburg, Wertheim, Levinsohn, Seligmann, Guggenheim, Wolf, Schiff, Strauss, Stern y otros.
Estos reyes judíos de las finanzas aman desplegar su poder tras las bambalinas y permanecer fuera del reflector. Pero aún en el poder, el judío es un parásito desarraigado. Ya que su poder no proviene de su propia fortaleza. Tan solo dura mientras su engañado anfitrión quiere llevarlo sobre la espalda.
Por su parte, los judíos que llevaron a cabo la Revolución Rusa de 1917, disfrazados de generosos y humanitarios, prometieron a las masas castillos en el aire incitándolos contra el orden civil para posteriormente poner en marcha un terrible régimen de represión y de muerte.
Durante el periodo histórico de la “Guerra Fría”, a pesar de que formalmente los dirigentes del bloque del este se declaraban acérrimos enemigos del llamado bloque capitalista y viceversa, interna y subrepticiamente, colaboraban estrechamente entre ellos, generando un equilibrio de poder mundial perfectamente acorde con los intereses de la judería mundial.
También son los autores intelectuales de nocivas ingenierías sociales que implican, entre otras cosas: La libertad personal irrestricta y la autoindulgencia; Rechazo a todos los ideales y elevados valores; Sumisión a la bajísima vida del placer material; Incitar a la juventud a llevar a cabo actos terroristas contra sus semejantes. No es extraño que todas esas destructivas ideas, que lo son tanto a nivel individual como colectivo, surgiesen, en parte, de la mente judía de Karl Max: hijo de Margoehei, rabino y abogado de Trier.
Además, no es cierto, como decía Marx, que en la raíz de las injusticias sociales se hallen cuestiones tales como la propiedad privada de los medios de producción o la concentración de capitales sino el sistema monetario. El sistema monetario es el método por el cual se crea, se distribuye, se reparte y se intercambia el dinero en las sociedades. Y donde la banca, tanto comercial como de inversión, juega un papel crucial.
Por lo tanto, la propiedad privada de los medios de producción o la concentración de capitales tan solo son una consecuencia o una derivada más de un sistema monetario basado en la disolución de la riqueza de los pueblos en las aguas putrefactas de la deuda perpetua , de la especulación y de la usura. Este es el verdadero corazón o núcleo del sistema en su conjunto.
Karl Marx, por supuesto, sabía esto pero jamás fue este el centro de sus teorías dado que el sistema monetario internacional, ya en su época, estaba férreamente controlado por sus paisanos hebreos.
Este judío consiguió meter ese descomunal gol a millones de personas que se declararon firmes defensoras de sus tramposas enseñanzas y quienes llegaron, incluso, en bastantes casos, a entregar su propia vida para defender esa basura.
Los judíos son peligrosísimos cuando se les permite entrometerse en la cultura, religión y arte de un pueblo y pronuncian su insolente opinión sobre ellas.
El tradicional concepto de belleza del hombre europeo, el cual, esta basado en precisas y elegantes formulaciones matemáticas inspiradas en la naturaleza, es incomprensible para el judío y continuara siendo así mientras conserven ese tipo de mentalidades. El judío, sin raíces propias, carece de sentimiento hacia la pureza y el esmero del concepto europeo de arte.
Lo que llaman “arte” debe gratificar sus degradados nervios. La hediondez de la enfermedad lo corroe. Debe ser antinatural, grotesco, perverso o patológico. Esas fantasías febriles de mentes irremediablemente enfermas alguna vez fueron ensalzadas por críticos de arte judíos como altas expresiones artísticas.
La consecuencia de todo ello es que nuestra vida cultural empezó a ennegrecerse y a degradarse hasta llegar a la deplorable situación actual. Pintura, arquitectura, literatura, música y cine sufrieron por igual.
El sexo es una elemental y sana urgencia humana. Sin embargo, bajo la máscara de discusiones científicas, ellos conducen a la sexualidad por rutas degeneradas. El judío se interesa, casi instintivamente, en todo lo anormal y depravado. Busca la posibilidad de minar el sano juicio de un pueblo.
Para ello se sirven de la industria cultural y del entretenimiento, así como de los medios de comunicación que, por supuesto, ellos controlan, al ser dueños, por ejemplo, de las principales agencias de noticias del mundo.
Ellos deciden que se cuenta y que no. Y lo más importante de todo: ellos determinan como se cuentan las informaciones y con qué intención.
Siglos de educación religiosa habían enseñado a los cristianos europeos a considerar a los judíos como cofundadores de la religión cristiana.
Los benévolos pintores y poetas europeos idealizaron a los personajes bíblicos de la historia tribal hebrea.
Abraham, Isaac y Jacob fueron considerados pilares de la más alta moralidad y nobleza humana. Pero en el fondo, sabemos muy bien que los judíos de la Biblia no pudieron portar tan elevados valores, más bien, todo lo contrario. Debemos corregir nuestra perspectiva histórica.
Sin embargo, Europa no hizo, ni mucho menos, mal al abrazar a Jesucristo como a su Dios puesto que, en última instancia, se trataba de un judío que renegó de la propia esencia de ser judío.
Ello lo demostró, especialmente, cuando fustigó a los usureros y especuladores del templo. Jesús era un judío que odiaba profundamente serlo.
El festival Purim judío, aparentemente es una inofensiva celebración familiar. Sin embargo, conmemora la muerte de 75.000 antisemitas persas a manos de los ancestros bíblicos de los judíos modernos.
La Biblia dice que al día siguiente los judíos descansaron y consagraron ese día al festejo, la alegría y la acción de gracias. Decidieron que esos dos días Purim deberían ser recordados por siempre por los hijos de sus hijos.
Europeos educados, objetivos y tolerantes consideran tales cuentos como folklore y costumbres extrañas.
No obstante, exactamente así es esta gente: Frotándose las manos sobre su festín de revancha, incluso vestidos con ropas occidentales, bajo las cuales los modernos judíos ocultan su naturaleza asesina.
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